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El Nuevo Blas




ATENCIÓN: El texto que sigue no es ninguna comedia. De hecho se trata de un drama, pero dada su calidad y el buen hacer del autor ha sido incluido en la página y es altamente recomendable.


Blas estaba absorto ante un escaparate de juguetes. Acababa de ver cómo un niño tomaba entre sus brazos a un muñeco de peluche y lo estrechaba contra su pecho mientras le regalaba su mejor sonrisa, y después se habí­a ido con su madre sin soltar el muñeco. Blas detestaba las muestras de cariño, y por eso habí­a estado mirando con repugnancia la escena. Sin embargo, cuando se quedó solo, vio su reflejo en el vidrio del escaparate, en medio del montón de muñecos, como si estuviese dentro con ellos, y una punzada de dolorosa envidia le atravesó lo que podrí­a llamarse su corazón de trapo. Nunca habí­a sentido eso por un vulgar peluche, amparado en la sensación de superioridad que le daba el ser un auténtico Teleñeco, un "Muppet". Él no era un muñeco cualquiera, salí­a en la tele montones de veces y era famoso.

Allí­, ante la jugueterí­a, supo que Epi tení­a razón cuando se marchó hací­a sólo un par de dí­as. En ese tiempo que estuvo solo, rodando capí­tulos sin su inseparable compañero, no comprendió nada de lo que Epi le habí­a tratado de explicar, y estaba seguro de que de un momento a otro lo verí­a entrar en su pequeño apartamento, volviendo a casa tras haberse cansado de la travesura. Pero ante el escaparate, viendo su reflejo, todo se le aclaró, y supo por qué se habí­a ido Epi, y también supo que no volverí­a jamás, y lamentó no haberlo comprendido antes para haberse despedido como dos viejos amigos. Y lo que era peor, le estaban entrando unas ganas enormes de imitarle y hacer lo mismo que él.

Blas no era valiente ni emprendedor, y aún así­ tomó la decisión más importante de su vida en un instante. Se escondió en un rincón de la tienda, tras un aparador, y esperó a que cerraran. Cuando estuvo solo, en la penumbra de la tienda vací­a débilmente iluminada por las luces de la calle, le entró la duda. Pensó que tal vez el futuro que le esperaba si lo hací­a no era tan bueno como decí­a Epi, y tuvo miedo de arrepentirse demasiado tarde. Pensó en Epi, en cuánto le debí­a por haberle mostrado el camino, y decidió hacerlo por él, ya que nunca antes habí­a sido un compañero digno de su entrañable amigo. Se subió al escaparate y se sentó al lado de un inanimado peluche gigantesco de oso polar. Se estremeció al notar la inmovilidad de aquel muñeco: dentro de muy poco serí­a también la suya, cuando le abandonase la capacidad de movimiento autónomo.

Blas se miró la mano derecha, miró cómo moví­a los dedos, y volvió a dudar, pero siguió adelante. Se metió la mano por debajo del jersey ceñido y a rayas y se la llevó al sitio donde reposaba el corazón que le habí­an dado en Hollywood. Así­, inmóvil y dubitativo, estuvo casi toda la noche, temiendo lanzarse a un destino prometedor a cambio de abandonar su privilegiada vida. ¿Y si salí­a mal? Blas tení­a miedo, y cuando amaneció estaba a punto de abandonar, molesto con su cobardí­a. Por el escaparate, entre las primeras luces del dí­a, vio al niño de la tarde anterior con su peluche bien agarrado, y antes de entrar al colegio que se veí­a desde la tienda, abrazó al muñeco y se lo dejó a la madre para entrar a las clases. Blas, en la soledad de la tienda, gritó: "¡Quiero ser como ese muñeco!¡Quiero ser un juguete!". Al igual que Epi, se habí­a cansado de no recibir nunca el abrazo de un niño, ni un beso. A él sólo lo veí­an por la tele millones de niños y niñas, pero nunca ni uno sólo de ellos, ningún niño, jamás, lo habí­a mirado de cerca a los ojos con una sonrisa.

Nunca habí­an jugado con él. Aún tení­a la mano en el sitio adecuado del pecho, no la habí­a movido en toda la noche. Con más valor que nunca, susurró: "Gracias, Epi", y estiró con todas sus fuerzas. Un aparatito pequeño rodó por el suelo hasta debajo de un armario de la tienda, pero Blas ya no pudo verlo. Estaba tan inmóvil como el oso polar de su lado.

Unos minutos después llegó el tendero y abrió la jugueterí­a, sin reparar en que habí­a un artí­culo más. Blas no se habí­a dado cuenta de que no tení­a puesto el precio, pero eso no importaba. Aún podí­a pensar y sentir, y estaba muy contento de su nuevo estado. Ahora que lo habí­a comprendido, estaba ansioso porque alguien decidiese llevárselo, y cuando esa misma tarde Blas se encontró en brazos de la niña que lo acababa de comprar, nadie vio cómo sus ojos brillaron, sin mover ni un hilo de su cuerpo.










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Publicado en: 2004-07-27 (315 Lecturas)

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