Este documento procede de las confesiones que Triqui, estrecho colaborador profesional de Epi y Blas, realizó sobre el pasado e intimidades de éstos a cambio del suministro semanal de galletas para el estado de Utah. Se revelan datos sorprendentes e inéditos que esperamos no hieran la sensibilidad de sus seguidores.
Blas siempre ha tenido una imagen de pejiguero y cascarrabias que, en lugar de inspirar simpatía en los niños que lo veían, despertaba una especie de recelo que nunca le ha dado grandes índices de popularidad. De hecho, una encuesta realizada en 1989 en Norteamérica, la tierra donde las más irrelevantes estadísticas se convierten en religión, demostró que entre los niños Blas gozaba de menos popularidad que personajes como Fidel Castro, el Ayatoláh Homeini o incluso Lauren Postigo. De la misma encuesta llama la atención la enorme popularidad que Blas alcanzó entre los directores de colegios de curas, casi igualando al mismísimo Ronald Reagan.
El mal carácter de Blas provenía en parte del disgusto que el pobre muñeco experimentaba cada vez que contemplaba la grotesca forma de su cabeza en un espejo. En un arrebato de sinceridad, nuestro confidente, Triqui, nos reveló que Blas había sido diseñado por una ninfómana con especial afición a los pinceles gruesos, que al parecer poseen interesantes usos aparte del obvio. Se cree que la tiparraca dejó aflorar su subconsciente durante el diseño de Blas. El propio Triqui asegura que, entre su fabricación y su venta, Blas fue víctima de abusos por parte de su creadora al menos en 71 ocasiones. El profundo trauma que se revela en los tests psicotécnicos de Blas pudiera muy bien deberse a este hecho desconocido hasta ahora. Su color amarillo era también fruto de su carácter, que le causó úlceras y trastornos hepáticos constantemente.
Epi, bonachón y travieso a la vez, era el necesario complemento para equilibrar el dúo cómico, como en El Gordo y El Flaco. Según Triqui y otras fuentes más reputadas, salió de los laboratorios de la NASA. Fue concebido por la época del comienzo de la fiebre OVNI, unos años después del incidente de Roswell, y era el producto de un fracasado proyecto de introducir humanoides en las sociedades alienígenas para estudiar la reacción que sobre esos pueblos desencadenaría un desembarco humano real.
Cuando los responsables del proyecto en el Pentágono se percataron de que aún no se conocían otros planetas habitados y de que no había ninguna civilización extraterrestre a donde enviar a Epi (abreviatura de Experimental Pathetic Invader), los altos mandatarios de la NASA (todos superando los 1€™95 de estatura) decidieron recuperar parte de la inversión colocando al humanoide en una serie televisiva. Los 5 dólares recibidos por el muñeco en Hollywood no contentaron a la NASA, aunque sí al agente encargado de su venta, a quien testigos presenciales juraron haber oído decir: "¡Sí! ¡Por fin podré comprar mi Hula-Hop!"
Describamos ahora un día cotidiano de Epi y Blas, un día cualquiera de finales de los 70, cuando la pareja cómica conocía sus días de mayor gloria.
Blas se levantaba de mala leche, cosa normal. Nunca podía dormir bien porque Epi se pasaba la noche asediándolo con preguntas estúpidas, o contando ovejas en voz alta, o mirando el reloj cada cinco minutos. Muchas de estas escenas fueron emitidas por TV gracias a la cámara oculta instalada en su dormitorio. Los desayunos acababan siempre en pelea, con Blas agarrando uno de sus memorables cabreos al descubrir que Epi le quitaba sus galletas. Sin embargo, a causa del reducido volumen craneal de Blas y su escasa inteligencia, a menudo el habilidoso Epi conseguía hacerle creer que era él, Blas, quien le quitaba galletas a Epi, y así acababa comiéndoselas todas. Luego llegaban los de la televisión y el resto del reparto para rodar en su casa un episodio de su serie.
Con frecuencia hallaban a Blas al borde de la apoplejía, chillando sonidos incoherentes desde cualquier punto del reducido apartamento, presa de un ataque de histeria del que siempre culpaba a Epi. Costaba mucho calmarle, aunque no tanto si lo hacía la cerdita Peggy, quien tras mandar a la Rana Gustavo a recabar opiniones de los ciudadanos sobre los trajes de los antiguos babilonios, se llevaba a Blas al servicio para reanimarlo de forma aún dudosa.
Los rodajes solían ser tensos, ya que el guión exigía casi siempre que Epi le gastase bromas a Blas, que estaba harto de ellas. En cierta ocasión en la que nuestro confidente Triqui estaba presente, Blas salió especialmente mal parado. Su amigo Coco había roto su silla preferida mientras filmaban la explicación de "encima" y "debajo". Blas se puso a perseguirlo por toda la casa, y en una de sus carreras, tumbó una de las cámaras. Entonces el operario, exclamando textualmente "¡ahora sí que me habéis tocado los huevos, peluches de los cojones!", le desprendió la cabeza del cuerpo de una soberana patada. Se la cosieron a toda prisa, tanto que se la pusieron al revés.
Al verse, Blas mismo quiso poner fin a su tormentosa existencia y, desconsolado, se puso a pillarse la cabeza con la puerta del dormitorio hasta volvérsela a descoser. Ese fue uno de los dos episodios censurados en toda su carrera. El otro, en palabras de Triqui, fue el que acabó en orgía cuando Peggy, diseñada por la misma ninfómana autora de Blas, cayó por accidente desde una escalera sobre la cabeza cónica de éste, que pasaba justo por debajo.
Las escenas que siguieron, según Triqui, fueron crudísimas, incluyendo una en la que Epi, absolutamente enajenado, rociaba por completo a Peggy con espuma seca Hurra para limpiar tapicerías, mientras el propio Triqui se la iba comiendo toda, animado por los alaridos de la cerda. Después, Coco y Gustavo agarraron a Peggy mientras Epi y Blas, más compenetrados que nunca, se ocupaban a la vez de ella. El personal humano del equipo, con el productor a la cabeza, acabó abandonando el rodaje e interviniendo.
El productor se apoderó de Peggy y la entretuvo por espacio de tres horas, mientras dos secretarias se intercambiaban cada 5 minutos al vigoroso Triqui y al exótico Gonzo, que con su nariz causó sensación entre las mujeres ese día. El evento se prolongó hasta altas horas de la madrugada, y hubo que suspender dos días los rodajes para volver a adecentar a los muñecos y el escenario de la bacanal.
Terminada la jornada de trabajo, Epi y Blas solían pasar la tarde en casa. Les gustaba jugar al dominó, al scrabble, a las damas, y a cualquier otro juego donde Epi pudiese hacer trampas. Una vez hubo una disputa originada durante una partida de damas. Al parecer, Epi decidió unilateralmente modificar el reglamento de modo tal que con el primer y único movimiento se comió todas las fichas de Blas. Por más que explicó a Blas la validez de la jugada en base a las nuevas normas, éste no cedió y en la pelea que se desató acabó consiguiendo que Epi se tragara el tablero entero, y sin pan.
En ese momento, los vecinos, alarmados por el fragor de la riña, se abrieron paso al interior del apartamento para separarlos. Blas, fuera de sí, gritaba con su voz aguda y gangosa: "¡Aaaahhr, maldita sea! ¡Oh, Epi, mira lo que has conseguido! ¡Fuera, fuera, déjenmelo a mí solo!". Epi, con el tablero dentro, y con el cuerpo cuadrado, aún se reía: "¡Jh,jh,jh,jh,jh!". Blas, liberándose de los vecinos que le sujetaban, le dio una patada en la boca a Epi que le hubiera sacado todos los dientes, de haber tenido alguno, pero aún así consiguió silenciar su risita y hundirle la cabeza como una pelota de ping-pong aplastada. Después quiso quemarlo, con tan mala suerte de que el temblor de sus manos derramó la gasolina sobre su jersey, uno de esos apretados y a rayas que siempre llevaban. Creyendo haber mojado a Epi, que buscaba su nariz roja por el suelo, encendió una cerilla y se inflamó. Lo apagaron dejándolo media hora en la bañera llena de agua. En fin, hubo que suspender una semana el rodaje, mientras remodelaban la cabeza de Epi, le sacaban el tablero de damas, y secaban el relleno de Blas.
Y en fin, cenaban casi siempre con más peleas por la comida y se acostaban en sus camas, cada uno bajo el marco de su foto, para esperar otro día más. Y así, día tras día, discurría la existencia de ambos, hasta que súbitamente todo acabó. Pero eso es otra historia, y merece ser contada en otra ocasión.
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